lunes, 5 de febrero de 2018

MANOS

Manos, que acariciaron, moldearon suaves curvas. Fuertes y a la vez, delicadas como alas de mariposa.
Manos que cambiaron tiempo y lugar, dibujaron estrellas y caballitos de mar en desiertos áridos.
Manos que sostienen, otras te retienen. Manos que te indican, enseñan o corrigen.
Manos dulces, perfumadas. Otras o las mismas, encallecidas, cansadas, metidas en los bolsillos.
Manos que bailan y cantan, que te alcanzan una fruta, que se te antojó, de un árbol.
Manos que te peinan con peinecillo de plata, trenzan tu cabello, lo enredan entre sus dedos. Manos que te dan el pan y la vida.
Manos que escriben, manos que no. Manos entrelazadas, otras crispadas, nerviosas, cerradas. Los puños no son manos.
Manos que te levantan, que te izan, te sostienen, te hacen llegar donde no puedes. Agradecidas, pedigüeñas, displicentes, orgullosas, pudorosas, lascivas, eróticas... Manos.
Manos que sin lágrimas lloran, te perdonan, te bendicen. Te roban rositas blancas, se pinchan con sus espinas para que no te pinches tú.
Manos que te acunan, te duermen, te arropan, llenan tu cielo de estrellas, tantas estrellas como besos. 
No, no: Era al revés.



lunes, 12 de septiembre de 2016

Abrumada

     Siento haber dejado pasar tanto tiempo sin escribir nada. Escribir, es crear. Crear con palabras sentimientos, imágenes, sensaciones...¿Cómo crearlas sin imaginarlas o sentirlas?
     Los días llanos, las horas pasando en plácida cadencia, la mente en blanco como las hojas de papel, que lánguidas, esperan en el escritorio.  
     ¿Nunca habéis tenido la sensación de que, aquello que vas a escribir ya lo han escrito otros muchos antes? Son muchas las ocasiones en que he leído mis propias palabras en la pluma de otro. Mejor escritas, sin duda, pero eran mías. Eso me aturde y abruma. No soy nada original: pienso. Y no es que me importe ya que a nadie tengo que convencer con mis cosas, pero me abruma.
     Pierdo el tiempo en otras cosas ( no es que escribir sea perderlo pero me quita tiempo y, como ahora, sueño). Como decía, pierdo el tiempo en otras cosas: mi Foro, Twitter, cuidar a mis salamandras ¡Cómo si no se cuidaran ellas solas! Mis tres "Lolas" saben hacerlo. Escondidas entre las macetas de mi azotea cuando hay sol, guardándose de Simmi, mi gato chulo como solo un madrileño podría serlo.
     Ellas, mis Lolas, esperan a la caída de la noche. Me esperan tras los faroles, agazapadas hasta que enciendo la luz. Es entonces cuando, pizpiretas, sacan su cabecita con sus ojitos brillantes. Dragones en chiquitito que custodian princesitas diminutas...Sueño. Luego, despierto: no hay princesas, ni dragones, ni caballeros andantes. Piso el suelo.
     Leo, leo, leo...Y cuanto más leo, menos escribo. Menos ganas de utilizar las palabras para pintar paisajes. Lo que leo me deja ciega, incapaz para expresarme. No me gusta lo que leo, me vacía la mente y el alma y sin alma ¿ Quién puede poner algo de magia o chispa entre las letras?. Suelto el "boli" y apilo de nuevo las hojas.
     Cojo mi ordenador y me desquito en Twitter. Si, me desquito de lo que he leído anteriormente y que tan vacía me deja. Son como bofetadas en 140 caracteres procurando, en lo posible, que sean sutiles. Sin sangre. Retuiteo lo que me gustó del día. Casi siempre de los mismos autores para seguir haciendo los días llanos...Afuera, han comenzado a amarillear las hojas, hace dos días verdes y su sonido al entrechocarse con la ligera brisa ( ¡Tan deseada este año!), con su siseo hablan de otoño, castañas, nueces y uvas.
     En esas ando, entre dragones, princesas, letras, hojas verdes, amarillas o blancas sin letras...Y...¡Mamá, la cena! 
Entonces, piso tierra y sonrío.
     
 


 


martes, 5 de enero de 2016

Cabalgata de Reyes Estilo Manuela Carmena

Cabalgata de Reyes estilo Manuela Carmena

            Como casi todos los años, desde que tengo recuerdos, es tradición en mi familia pasar la tarde del día cinco de enero recibiendo a los Reyes Magos en Madrid.
            Mi ciudad siempre ha participado activamente en esta fecha. Los padres llevan a sus hijos, ilusionados, a lo que para ellos es la magia que les trae la Navidad en forma de tres Reyes Magos: Melchor, Gaspar y Baltasar. A quienes les acompaña todo su séquito. Camellos cargados con regalos, burros, caballos a los que guían solícitos pajes ataviados de coloridas y elegantes vestiduras. Ni que decir tiene que, los más elegantes, los que mejores vestiduras y más oro ostentaban eran los tres Reyes ya que, un motivo tan importante como haber adorado al Niño Dios, requería de tales vestiduras. Pues, aunque humilde había nacido en la tierra, era el Rey de Reyes. Dios entre los hombres.
            Los niños vivíamos aquél día con auténtica ilusión y alborozo pues sabíamos que aquellos ancianos sabios y bondadosos también nos dejarían algo en nuestros domicilios, siempre que hubiéramos sido buenos...O regulares...O decididamente revoltosos. Los Reyes Magos, en su bondad comprendían que, al ser niños, se nos olvidaran los buenos deseos de vez en cuando.
            Me extrañó, en primer lugar, que la afluencia de público no fuera la acostumbrada. La Castellana no era aquella calle que a izquierda o derecha se formaran barreras humanas de diez o quince en fondo.
            Y se inició la Cabalgata...
            Unos ciclistas con chalecos pobretones y una especie de cordones metálicos en forma de gorro, circulaban por la calzada sin ton, ni son. Mientras sonaban canciones étnicas más propias de Tarzán que de otra cosa. Tras ellos, se alzaba un gigantesco dragón de connotaciones chinas, acarreado por chinos. Un elefante indio. Muy patoso, por cierto, gracias a quienes le manejaban.
            Los coches antiguos de los bomberos con unos pocos globos encima, dos autobuses de cuando eran azules...
            Entraban por la avenida las carrozas. ¿Carrozas? En fin: carrozas. Y en una de ellas...¡¡¡Darth Vader con sus huestes!!!! Ahí comenzó el dislate.
            Los niños que, hasta entonces guardaban aún su ilusión a pesar de la batukada y la ausencia de villancicos, empezaron a cambiar sus caritas. A mi lado, una nena le decía a su papá que tenía miedo. Otro comenzó a llorar. Una mamá le espetaba a su marido.-Manolo: yo me voy.- Y Manolo, con su pequeñín en brazos y llorando, se quedó sin ver las huríes que, no se qué pintaban allí, pero haberlas, había. Como las meigas en Galicia.
            Caramelos, hubo. No en la mano, como siempre, lanzados. A pesar de que se dijo que no serían tirados por el posible peligro que ello pudiera ocasionar en la chiquillería.
            Los más mocitos, se quejaban.- ¡ Vaya mierda de Cabalgata...!
            Bien es verdad que, mierda, fue lo más cariñoso y suave que escuché.
            ¡ Y, por fin, Los Reyes Magos!
            Santa Virgen, musité, mientras ante mis ojos tres...Tres... ¡Bueno eran tres! De lo que fueran o fuesen ¡Vaya usted a saber!
            Barbas de medio pelo, vestidos con las cortinas viejas del baño de un apartamento de vacaciones barato. Baltasar masticando chicle. Las carrozas ni de feria de aldeita. Los niños sin saber qué hacer con las puñeteras cartulinas que para colmo cortaban con el canto. Las previsoras mamás hacía tiempo que ya se las habían quitado cuando un Dj, vestido de piel de lobo (decían) atacaba con su salmodia de música disco, dejando deslumbrados los ojos a quienes con sus fogonazos de luz tocaba.
            La gente se calentaba...Muy, muy cabreada.
            Que los animalitos, pobres, se estresaban con el desfile. ¿Y los padres? ¿Y los niños? Qué nos ha hecho Manuela Carmena. Que lo suyo ni a odio llega: es desidia.
            Con un poco de interés, solo un poco, no hubiera encargado el evento a quién lo hizo, que para Carnaval...Bueno, servía. Pero para Reyes, no. No se encargan eventos a quienes de ellos abomina, como abiertamente lo han hecho. De hecho así lo comentaban, entre ellos y a voz en cuello, mientras "cabalgaban". No Manuela, no.
            Y; a ver si quita usted el trapo de bienvenida a los refugiados, que solo han venido "cuatro" y molesta y avergüenza que de "cuatro" haga pancarta y la coloque en MI CASA por tanto tiempo, en SU honor. Que no, en el de los refugiados. Que, en todo caso, señora, somos los madrileños quienes pagamos su estancia. Y esto me recuerda que hasta su sueldo nos debe. Su sueldo, el de los ediles y el de los "percebes" que han paseado mis calles, sin salero y con desgana, vestidos como les dio la gana y como a usted le placiera. Pero otra vez le recuerdo que es el madrileño quién paga. Si fuera de su bolsillo y en sus casas, haga de su capa un sayo y de las cortinas del baño, tres o diez, según le plazca. Depende de cuantos baños en sus varias casas tenga. Que a mi no me importa nada.
. Del sermón socio-político que nos soltó como si nada, corramos tupido velo, que por hoy, ya va bien cargada.

            En Madrid un día se armó, por oír llorar a un niño, la Marimorena. Pues yo hoy, he escuchado a tres. Solo le digo eso.

sábado, 12 de diciembre de 2015

Para África.


Extendió sus manitas tan perfectas, tan diminutas, como los de una muñeca. Los dedos largos y rosados.
               Instintivamente le ofrecí mi dedo índice para que lo asiera, como así ocurrió. Su manita cálida, agarró con fuerza mi dedo: sorprende que una personita tan pequeña demuestre tal fuerza.
               Sus ojos, aunque tan solo tenía unas horas de vida, permanecían abiertos, quizás buscando quién era ella misma, quizás, sin verlo, su futuro.
               Por un instante creí que fijaba su mirada en la mía. Sabía perfectamente que los bebés recién nacidos no ven ni distinguen personas de objetos, pero sus ojos tenían tal profundidad e intención que sin darme cuenta me hundí en aquella mirada intentando entender lo que querían expresarme.
               Su mirada interrogaba. Era como si me preguntara por ella misma. Como si quisiera saber qué sería y haría. Impaciente, inquisitiva como solo los bebés saben serlo.
               Sin darme apenas cuenta comencé a hablarle, bajito, en un susurro que, de tan cerca, mis labios al tiempo la besaban.
               Serás feliz, serás hermosa, a veces llorarás desconsolada, otras reirás. Un día cogerás la luna y bailarás con las estrellas. Y subirás tan alto como los vientos juguetones quieran. Cantarás canciones, Jugarás hasta caer rendida. No querrás ir a dormir para que no terminen los días. Te gustarán las flores, los pájaros y las mariposas. Te entretendrás con un rayo de sol que entre por la ventana, lo atraparás con las manos e intentarás guardarlo en el armario para sacarle por la noche y que ilumine tus sueños. Te esconderás tras las cortinas y cuando te encuentren, te taparás los ojos con tus manitas y así ya no te verá nadie ¡Tris! ¡Tras!
               La magia, la luz, los vientos. Hasta la lluvia serán tus amigos…
               Comerás caramelos, te gustarán los pasteles. Repartirlos con mi perro. Te caerás cien veces al suelo y te levantarás doscientas, que siempre es mejor levantarse dos veces.
               Te gustarán los lápices de colores. Probarás la plastilina, sobre todo la amarilla, hazme caso, es la que está más rica. Te gustarán los ratones, los gatos, el perro de aquella esquina, una rana saltarina y hasta querrás tener una amiga salamandra. Las canicas de cristal, los botones y alfileres de colores. Una piedra del camino, el papel de un bombón, las cintas de tu vestido y las cuentas de ese collar que rompiste tú. Tesoros entre tus dedos, joyas en tu bolsillo.
               Repetirás mil veces que un murciélago es un murciégalo y te enfadarás si no te decimos que, si.

Y…Crecerás. Crecerás y verás que fue verdad todo lo que hoy te digo.

18-11-2015



               

miércoles, 1 de julio de 2015

De la Idiotez a Podemos

Érase una vez una niña mimada por sus padres, sus abuelos y toda su familia.
Vivía, sin aparentes problemas, en una ciudad del sur de España donde la vida transcurría plácidamente, sin altibajos ni desaires.
                Estudió en un buen colegio, ”de pago”, decía su madre. A la que Dios no le dio muchas luces y su padre tampoco procuró que las tuviera. El padre de la niña, no opinaba. Tan solo le preocupaban las apariencias. Ya se sabe que, en las pequeñas ciudades, aparentar lo es casi todo. Sobre todo, si en la infancia y juventud, lo que se veía no daba lugar a las apariencias.
                La niña crecía rodeada de todo aquello que su padres no tuvieron, llegando incluso, al derroche. Derroche en todo: vestidos, zapatos, relojes, bolsos (Estas dos cosas últimas, imitaciones compradas en Ebay).
                La niña quiso estudiar una licenciatura y sus padres se sacrificaron para que la estudiara en una universidad privada, aunque con ello, la economía familiar se resintiera. Fueron tres años duros.
                La chavalina, entra clase y clase, frecuentaba, vestidita como una reina, diversos ambientes. Lo mismo asistía a una concentración estudiantil, como bailaba en la discoteca más “chic” de la ciudad.
                Siguió su andadura, la niña. Que ahora hago mis prácticas en el extranjero, que quiero viajar, que necesito un coche y para el coche mi carnet de conducir…Todo era pedir y pedir.
                Los padres, por prurito, accedían sin pensarlo a todos sus caprichos.-¡La nena tiene que ser una señorita…!- Pensaba la madre. -Ya que yo no pude serlo…- El padre callaba y soñaba con el día que le sacara de aquella pobreza, más intelectual que económica, que le atenazaba. Él siempre tuvo aspiraciones.
                Pasaron los años, los viajes, los vestidos de lujo, las Ferias de la ciudad y ciudades aledañas. Ella, la niña, estrenando cinco o seis vestidos de volantes de Fran Alegre y David Espejo. ¡Un dineral! Con tal que la nena se codeara con lo mejorcito de la alta sociedad cerrada a cal y canto  a quién no aparentara.
                Ella llegó a tener un noviete muy de chaqueta azul marino y corbata granate. Un “pijo-pera” de pelo engominado y sombrerillo de esos que los niñatos se ponen en Andalucía. Que es como ponerse una seta, haga sol o no. Tan solo para el disfraz.
                La madre, feliz. El padre, esperando el día en que su hija le hiciera “algo”, que no “alguien”. Y llegó ese día.
                La niña se levantó de la cama temprano, rebuscó en su armario para acabar sacando unas antiguas mallas que utilizó hacía mucho para sus clases de Ballet. Estaban descoloridas y con algún agujero que otro. Encima se colocó la parte de arriba de un pijama viejo. El cuello desembocado por los años y las mangas cortas por el exceso de lavado.
                La madre, al verla de tal guisa, con lo “finisimísima” que era su niña. Extrañada, le preguntó qué hacía. Y…¡Oh, sorpresa! La nena dijo que salía de “manifa” ¡Que me he hecho de Podemos!. Lo dijo como aquél que dice: ¡Me voy a la Ópera!
                Ni que decir tiene que a la madre casi le da el “parraque”. El padre, hundido, se sentó en el sillón del salón, a solas y a oscuras. Los ojos fijos en aquél cuadro que en todas las casa del sur tienen: un olivar, con sus arbolitos colocados en línea recta e infinitos. Desde la imitación del papiro que colgaba tras un cristal en la pared, Orus miraba impertérrito la angustia y el desasosiego que reinaba en la casa. Es como si pensara: Borregos…
                Mochila a la espalda, con zapatillas roídas, el pelo sin peinar, ni maquillaje, ni pintura de uñas. Tan solo un pañuelo morado, atado como una soga, al cuello. Se plantó ante su padre y le dijo.
                -Oye, papuchi. Que me des las llaves del Mercedes, porque vamos unos cuantos y en mi Mini, no cabemos.
                El padre, sin rechistar, como lo había hecho siempre, le dio las llaves de su querido Mercedes. La idiota, salió por la puerta dejando tras de si a aquellos padres tan complacientes para sus caprichos, aquellos que jamás le negaron nada, los que la convirtieron en lo que hoy era. Una niñata pija. Una niñata piji-progre. Una imbécil.


sábado, 2 de mayo de 2015

Ya es Primavera en Madrid

Suave y lento deshojar de las horas en las ya cálidas tardes de mayo.
El invierno había sido muy lluvioso aquél año lo que hacía que los campos verdearan a su antojo con un derroche de frescura. El sol hacía tiempo que había hecho su último alarde, más las nubes, allá en el horizonte, conservaban sus últimos reflejos rosas y anaranjados, violetas, azulados que el astro sol les reflejaba: los arreboles.
                En el parque, algún bondadoso hombre paseaba a su perro con andar cansino ¡El calor había llegado! Los animalillos, como animados por la nueva situación, ladraban y jugueteaban.
                Al fondo, a la izquierda, se enseñoreaban los esbeltos álamos, alzando sus ramas al cielo como para acariciarlo en cadencioso balanceo, aquél cielo antes rosa y ahora de un azul intensísimo.
                Mis pies, apoyados lánguidamente en el antepecho de la azotea, dibujaban sobre el verde fondo del césped la imagen de la placidez. ¿Qué hay más plácido que unos pies apoyados en alto?
                Mi mirada se dirigió hacia el tobogán. Allí, un abuelo solícito, ayudaba a su nietecita a bajar por el.
                Al fondo, los ladridos nerviosos de los perros. A mi derecha el piar agradecido, al árbol frondoso, de los gorriones. Pasando bajo, casi rozando mi cabeza, en vuelos circulares, los murciélagos volaban buscando insectos.
                Y la luz descendía y aquél cielo, ahora azul cobalto y…No se porqué, se me venía a la memoria  aquellos versos otrora aprendidos: " Asia a un lado, al otro Europa. Y allá al frente Estambúl…”
                El sonido de un avión que cruzaba el espacio me sacó de mi ensoñación. Y vi, vi que la primavera había llegado a Madrid.
                Los olivos del parque estaban llenos de flores preconizando la abundante cosecha que nadie recogería…Las aceitunas que en enero, estarán caídas por el suelo para recordarme esta preciosa primavera.
Las flores amarillas de la retama lucían más intensas al caer la tarde, eran como pequeños puntitos luminosos, que desde mi terraza, refulgían y brillaban…Que extraños juegos ópticos hace la luz del sol al ponerse.
Poco a poco, la noche cayó. Desde mi azotea se divisaban los balones amarillos de luz…Farolas luminosas como enormes luciérnagas nocturnas. La gente se fue marchando y se hizo el silencio junto con las sombras que los árboles dibujaban sobre la tierra. Tan solo el murmullo de las hojas al frotarse unas contra otras movidas por la tenue brisa, rompía el silencio con un sonido que se asemejaba a las olas mansas cuando rompen en la arena de la playa.
Sentí en mi pecho una suave y tranquila calidez…-Ángela,- me dije.- Ya es primavera en Madrid.


sábado, 11 de octubre de 2014

El Abuelo

Las manos de aquél hombre que un día fueron, por el duro trabajo, rústicas y encallecidas, fuertes como el roble. Hoy eran suaves y delicadas, casi infantiles pues, hasta en el tamaño parecían haber cambiado, sujetaban contra su pecho a aquella criatura hermosa y fuerte que, aunque mostraba su fragilidad desnuda de bebé recién bañado, dejaba constancia de su fortaleza. Sus ganas de vivir a toda costa.
            Olía a campo y romero, jazmines. Mil flores. Todas hermosas como la niña que, dormía. Dormía, plácida, segura. Con la seguridad que le aportaban aquellas manos.
            Su carita contra el pecho del hombre que, por no despertarla, casi ni respiraba.
            El hombre elevaba la mirada al cielo. Quizás pidiendo, de las Alturas, bendiciones para la niña. Quizás oraba dando gracias. Gracias por su hija, gracias por su nieta. Gracias.
            Imaginaba, mientras la acunaba, que le contaría cuentos. El de María Sarmiento, que un día, se la llevó el viento.
Imaginaba sus primeros dientes, sus primeros pasos, sus primeras palabras…Imaginaba que le cantaría canciones al son de aquella guitarra que dormía, sola y sin cuerdas, en el desván de su casa. Le interpretaría lo hondo de su ser más escondido, escondido en su guitarra. Profundos los sentimientos, eternos. Los que siempre han sentido los abuelos al tener entre sus brazos a su primera nieta.
Una lágrima, trémula, luchaba por caer de sus ojos.- Yo no lloro. Me lloran los ojos solos.- Pensaba.
No te mientas. Le decía, desde lejos. Y mis palabras se las llevaba el viento:-Te llora el alma-.
            Y el hombre, la acunaba, mientras la luz de la luna clara, entraba por la ventana dando a la estancia brillos de plata, reflejos de magia que, aquella niña de nariz respingona tomaba. En su sueño plácido, en el inicio del viaje. Viaje de experiencia y vida.
            En el horizonte la luz despuntaba con taconeo de martinete y taranta. Los arreboles…
            La niña abrió los ojos, como luceros negros. Azabaches. Como los de su madre. El hombre, acarició sus manitas y le besó en la frente. Y mientras los visillos se levantaban en danza con la suave brisa y era más intenso el aroma a campo, romero y jazmines. Muy bajito, muy quedo, casi en susurro que se va con el viento, acercó sus labios a la pequeña y le dijo: Soy tu abuelo.